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El padre que no paró hasta que logró diseñar e imprimir un brazo para su bebé

A las pocas horas de nacer Sol, sus padres pasaron de la alegría a la incredulidad, con la noticia de que su hijo iba a necesitar una operación de emergencia.

“Recuerdo pensar, ‘debo estar soñando, esto es una pesadilla'”, explica su padre, Ben Ryan.

“El especialista nos dijo que casi seguro que Sol iba a perder su mano izquierda”.

Y a los diez días los médicos tomaron la drástica decisión de amputarle el brazo por debajo del codo debido a un coágulo de sangre.

Unas semanas después, ya en su casa de Anglesey, en Gales (Reino Unido), el padre decidió dejar de pensar en todo lo que su hijo no podría hacer y concentrarse más bien en lo que sí podrían conseguir.

¿Un año de espera? Ni hablar

Ben, profesor de psicología, estaba absolutamente convencido de que una intervención temprana sería vital para que su hijo se adaptara a la vida sin un brazo.

Pero los profesionales de la salud le dijeron que no le darían ninguna ayuda prostética hasta que Sol tuviera como mínimo un año de edad.

Y que incluso entonces, los brazos artificiales provistos serían unas prótesis meramente estéticas, sin capacidad para agarrar o sostener objetos.

“Eso no me pareció suficiente”, dijo Ben, quien no quiso esperar un año.

Así que se puso manos a la obra… con un brazo de gomaespuma

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Primero el papá quiso probar qué pasaría si le ataba a Sol en el codo unos trozos de gomaespuma enrollados.

Y en cuestión de minutos, Sol estaba dando golpes en los juguetes con su mano derecha y su nuevo brazo improvisado de gomaespuma.

Esa fue la primera vez que el bebé intentó usar el brazo desde su amputación.

“Antes de ese momento el brazo izquierdo no hacía nada”, cuenta Ben.

Y para su padre fue una revelación. Desde ese momento desarrollar un brazo prostético de calidad para su hijo se convirtió en una obsesión.

Un prototipo sobre la mesa de la cocina

Ben pensó primero en un diseño que haría que la mano se activara a partir de movimientos muy pequeños con el codo, y empezó a trabajar en un prototipo sobre la mesa de la cocina, utilizando para ello pequeños trozos de tuberías y accesorios de fontanería.

Convencido de que funcionaría se fue a un laboratorio de innovación que acababa de abrir en la universidad galesa de Bangor y pidió ayuda.

“Cuando empecé a hablar con Ben y supe qué quería hacer me quedé muy impresionado”, recuerda Wyn Griffith, jefe técnico de Innovation Pontio.

“Acabábamos de mudarnos a este edificio y pensamos qué mejor manera de poner en uso todos estos equipos nuevos que ayudar a Ben en su proyecto”.

Y así fue como juntos, padre y personal universitario, utilizaron tecnología de última generación para imprimir en 3 dimensiones un brazo para Sol Ryan.

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